De barra en barra
Esta historia no es mia, pero es que los bares inspiran a muchos.
Una vez conocí una mujer que llevaba tres días sin salir de un bar. En sus ojos cansados temblaba el humo de mil cigarros que fumó con un tipo que huyó con otra. Pasaba las noches en un bar en el que los clientes son fantasmas que huyen de los repartidores de periódicos, del azul del cielo. La noche debilita los corazones. Lo aprendí en cada madrugada de vino y rosas pero también sé que la noche no es tan hermosa (antes lo dijo alguien). Cierto es que de noche admiré a esos seres mitológicos que sonríen al otro lado de la barra, esas camareras que siempre nos convirtieron en niebla, que nunca hicieron caso a nuestra mejor pose cargada de ron con cola. Es verdad que no quiero que este alcalde mojigato le eche el cierre a nuestras madrugadas y pasee a la policía por nuestros garitos. También de noche escuché las melodías de brillantes coches sin aristas. Y me duelen las derrotas de esas mujeres que se encierran tres días en un bar o en un cuarto de baño. Es verdad que amo la noche. Pero a veces prefiero los vermuts y la mojama que siempre tenemos pendiente esa mañana de domingo.
Ismael Serrano
¿Se puede hablar de amor sin caer en la cursilería? Sabina puede pero yo voy adejarle ese papelón a los que saben. Esto es sólo una historia. X e Y desayunan todos los días en el mismo bar. Ella hace que lee el periódico mientras busca la mirada de Y. A él, atareado en servir mesas, no le importa variar su ruta y realizar el camino más largo hasta la barra con tal de pasar por delante de la mesa de X. Los dos desayunan en el mismo bar desde hace algunos meses. Nunca se han dicho nada, nunca se han visto fuera del bar, nunca compartieron las palomitas en el cine ni se prestaron dinero para el bus; pero todas las noches se van a dormir juntos, todos los mediodías eligen uno por el otro el telediario que van a ver. Por la mañana el otro lado de la cama siempre aparece vacio.
El lunes, X decidió no ir a desayunar al bar, ni el martes, ni el miércoles ni nunca. Se había cansado de esperar e inventarse historias que nunca llegaban a la mañana siguiente.
Si, al final ha sido una historia un tanto cursi pero da lo mismo.
No pasa nada por aguantar ocho horas o más detrás de una barra. Las barras son las barreras que separan a los que sirven de los servidos, los trabajadores de los que descansan, separan a las que sus maridos les esperan con la luz de la mesilla encendida y a los que la luz del sol nunca le parece pronto para brillar. En las barras la gente no pasa más de veinte minutos salvo que se sea el camarero. En la barra suelen encontrarse los pinchos del día a modo de exposición. En las barras es donde están siempre los grifos de la cerveza, vasos vacíos, cuatro cacahuetes marginados en un plato y un bote no muy grande con propinas.
En la barra es donde estoy yo ahora esperando a que me llegue la inspiración y escribiendo estas chorradas en una servilleta que he cogido en el servilletero de encima de la barra.
Los bares dan identidad a quienes los frecuentan. Los bares son lugares de reuniones no establecidas en agendas. En aquel bar le conocí. Las barras son sitios reservados a soledades y solitarios. Las tragaperras son la avaricia reencarnada y los sueños en forma de moneda.
El camarero desde su lugar no movió ni un ápice ninguno de sus músculos, ni realizó el típico ademán de cortesía. El estruendo del vaso al chocar contra el suelo le hizo girar la cabeza pero pronto volvió a fijar su vista en el televisor que a esa hora daba el Diario de Patricia.
Paco, quien invierte diariamente sus ilusiones y monedas en la tragaperras tampoco me hizo ningún caso.
Burgos es una buena ciudad para vivir porque entre sus calles y bajo todos sus recortes, se esconde un bar que en algún momento debió ser nuevo aunque cuesta creerlo. Su regente es tan caduco como su negocio, El Patillas se hace llamar, haciendo gala de ese peinando que en algún momento debió estar de moda. Esa es parte de su gracia pues posiblemente, si se corta el pelo perderá toda su fuerza como le pasó a Sansón.
Las paredes, los techos y las lámparas están suspendidas sobre montones de papel extraído de revistas, recortes de prensa, carteles de alguna corrida de toros, dibujos de celebridades y artistas anónimos, fotos de sus clientes más habituales
El otro gran pilar, su columna vertebral, su encanto, es la música. Música tocada no por artistas profesionales ni números uno de la lista del top manta, sino que son visitantes asiduos los que se encargan de amenizar la fiesta. Patillas pone las guitarras, otros vienen con su maleta llena de cachivaches que fabrican música para repartirlos entre las mesas para que todos puedan aportar alguna nota a la canción, otros cantan y también los hay que sólo miran.
En el Patillas se comparte mesa y entre las mesas pasan a relucir los sábados por las noches canciones de Los Secretos, Antonio Vega, Los Beatles, Jarabe de Palo y otros muchos.
Hace algún tiempo grabaron un disco aunque continúan sin sonar en las radios y todavía esperan entrar en alguna de las listas de éxito.